Opinión: Empoderamiento de la mujer rural‏.-

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Por Margarita Cedeño de Fernández.-

En el proceso de construcción de la Agenda Post-2015 que la Organización de las Naciones Unidas ha venido desarrollando y la cual se asumirá como compromiso público en el próximo mes de septiembre, se encuentran dos importantes temáticas, las cuales, por separado, aseguran un futuro más próspero para la humanidad, pero que juntas conforman un área de acción estratégica para el bienestar de quienes habitan nuestro planeta.

 Me refiero a las áreas temáticas de la seguridad alimentaria, la nutrición y la agricultura sostenible; y de la equidad de género.

Quizás ambas temáticas resulten disímiles para algunos; sin embargo, la participación de la mujer en la agricultura resulta estratégica, por su decidido impacto en la seguridad alimentaria y en la reducción de los niveles de discriminación de género; así como por el beneficio en que redunda para la familia.

La FAO ha hecho un gran énfasis en la concepción de la mujer como piedra angular de la economía rural, especialmente en países en desarrollo como la República Dominicana.

La mujer rural requiere del apoyo decidido de las políticas públicas para poder hacer la transición hacia la producción intensiva e industrializada; para que pueda tener seguridades ante las amenazas potenciales a su cultivo; y para poder insertarse, en equidad, dentro de los mercados de producción.

En un estudio publicado en el 2012 por la FAO, se aborda la necesidad de abordar esta temática, planteando:

“La formulación y fortalecimiento de políticas públicas y la instalación de estructuras formales en las instituciones que trabajan lo rural, se plantea como solución para resolver las brechas mencionadas, de modo que hombres y mujeres tengan un tratamiento equitativo, en la implementación de proyectos y programas sociales sustentables.”

Analicemos algunos hechos que conocemos y que son el reflejo de lo grave de la situación de la mujer en la economía rural:

La mujer tiene una participación mínima en la titularidad de las explotaciones agrícolas, y cuando llegan a ser titulares de la tierra, sus parcelas son más pequeñas y de menor calidad que la de los hombres. La calidad de los sembradíos de las mujeres es menor por no tener acceso a insumos y tecnologías como los tiene el hombre, lo que limita su capacidad de producción.

Las mujeres se ven obligadas a involucrar a sus hijos varones entre los 5 y 14 años en el deshierbe, lo que resulta en un aumento de los índices de trabajo infantil. Las mujeres solo reciben el 10% de la ayuda total destinada a la agricultura, las actividades forestales y la pesca, a la vez que las mujeres agricultoras tienen un menor acceso al crédito en comparación con los hombres.

En consecuencia, la brecha de rendimiento entre agricultores y agricultoras se sitúa en entre un 20% y un 30%, similar a la brecha existen en el ámbito salarial entre hombres y mujeres. Si esta brecha se cerrara, el aumento de la producción de las mujeres podría alimentar a 150 millones de personas en todo el mundo.

Además, los índices de analfabetismo son mayores entre las mujeres rurales; y el número promedio de años de instrucción escolar es mucho menor que el de los hombres.

Ante esta realidad, se requiere del compromiso de políticas públicas enfocadas en la mujer rural, más ahora en un momento en el que nuestro Presidente, Danilo Medina, está realizando grandes esfuerzos para revalorizar el campo en nuestro país.

Como ha planteado el Secretario General de Naciones Unidas: “colectivamente, las mujeres rurales son una fuerza que pueden impulsar el progreso global”. Trabajemos para que esa fuerza pueda incidir en la construcción de un país mejor, con equidad  y sostenibilidad.

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